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LA VALQUIRIA

30/03/2019

​Sábado 30 de marzo/ Centro Cultural Universitario Bicentenario/ 10:00 hrs./ $150.00 entrada general, estudiantes con credencial vigente $75.00/ Venta de boletos en TicketOne


ACTO I

Perseguido por sus enemigos durante una tormenta, Sigmundo, exhausto, entra a una casa desconocida. Siglinda lo encuentra acostado cerca del fogón y ambos sienten una atracción inmediata. Hunding, el esposo de Siglinda los interrumpe y le pregunta al extraño su identidad. Sigmundo se hace llamar “el desgraciado” y les habla de su vida llena de infortunios, pero pronto cae en cuenta de que Hunding es pariente de sus enemigos. El anfitrión le advierte a su huésped que al amanecer pelearán a muerte.


A solas, Sigmundo le recuerda a su padre, Wälse, la promesa que le había hecho: darle una espada. Siglinda regresa tras darle a Hunding un somnífero y le cuenta que en su boda un desconocido clavó en un árbol una espada que nadie ha logrado sacar. Siglinda le confiesa a Sigmundo que es profundamente infeliz. Éste la abraza y le promete liberarla de su matrimonio forzado con Hunding. 


Bajo la luz de la luna, Sigmundo compara sus sentimientos al matrimonio del amor y la primavera. Siglinda se refiere a él como “Primavera” pero le pregunta si su padre era en realidad “Lobo”, como mencionó antes. Cuando Sigmundo revela que el nombre de su padre era Wälse, Siglinda cae en cuenta de que él es su hermano mellizo. Sigmundo extrae la espada del árbol y llama a Siglinda “su desposada”, eufórico por la unión de los Wälsung.


ACTO II

En lo alto de las montañas, Wotan, líder de los dioses, le ordena a su hija guerrera, la valkiria Brunilda, defender a su hijo Sigmundo, un mortal, en su inminente batalla contra Hunding. Cuando ella parte a cumplir con su misión, llega Fricka, la esposa de Wotan y diosa del matrimonio, quien insiste en que Wotan debe defender ante todo los derechos del matrimonio de Hunding, por encima de los de Sigmundo. Ella lo ignora y argumenta que Sigmundo podría salvar a los dioses al recuperar el anillo todopoderoso del nibelungo Alberich, que por ahora se encuentra en manos del dragón Fafner.


Cuando Wotan descubre que ha caído en su propia trampa —perderá su poder si no aplica la ley—, se somete a las exigencias de su esposa. Una vez que Fricka se retira, el dios, frustrado le habla a Brunilda del robo del oro del Rhin y la maldición que le lanzó Alberich. Brunilda no puede creer que su padre, con los planes frustrados, le ordene que pelee junto a Hunding.


Sigmundo reconforta a su amada temerosa y vela por ella mientras duerme. Brunilda se le aparece cual revelación, advirtiéndole que pronto morirá e irá al Valhalla. Sigmundo le contesta que no dejará a Siglinda y amenaza con matarse a sí mismo y a su amada si su espada no puede nada contra Hunding. 


Conmovida por su pasión, Brunilda decide desobedecer las órdenes de su padre y ayudar a Sigmundo. Éste se despide de Siglinda cuando escucha llegar a Hunding, amenazante. Empiezan a pelear y Sigmundo está a punto de ganar cuando aparece Wotan y destruye su espada, dejándolo a la merced de Hunding, que lo mata. Brunilda escapa con Siglinda y la espada rota. Wotan mata a Hunding con un gesto desdeñoso de la mano y parte en búsqueda de Brunilda para castigarla por su desobediencia.


ACTO III

Las ocho hermanas guerreras de Brunilda se han reunido en la cima de la montaña, llevando héroes asesinados hacia el Valhalla. Les sorprende ver a Brunilda llegar en compañía de una mujer, Siglinda. Cuando se enteran de que está huyendo de la furia de Wotan, rehúsan brindarles ayuda. Siglinda está hundida en la desesperación hasta que Brunilda le revela que está embarazada del hijo de Sigmundo.


Ahora, ansiosa por sobrevivir, se lleva consigo los pedazos de la espada que guardó Brunilda; se despide de ella, agradeciéndole y corre hacia el bosque para esconderse de Wotan. Cuando el dios regresa, condena a Brunilda a volverse humana, acallando las objeciones de sus hermanas al amenazarlas con el mismo castigo. 


A solas con su padre, Brunilda alega que, al desobedecerlo, estaba en realidad cumpliendo con sus verdaderos deseos. Wotan no cede y la condena a que duerma, convirtiéndola en una presa fácil para cualquier hombre que la encuentre. Brunilda pide ser rodeada por una pared de fuego mientras duerme, para que sólo el hombre más valiente pueda llegar hasta ella. Ambos intuyen que ese héroe será el hijo de Siglinda.


Renunciando a su hija con tristeza, Wotan besa los ojos de Brunilda, convirtiéndola en una mortal durmiente, e invoca a Loge, el dios del fuego, para que rodee la roca donde yace Brunilda. Mientras se retira y mira nacer las llamas, Wotan se aleja diciendo: “El que tema la punta de mi espada jamás pasará a través del fuego”.


 

 

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